lunes, 7 de abril de 2008

La vuelta a Palma (El reportaje)

Hace unos meses, el director del periódico me propuso darme una vuelta por las afueras de la ciudad (Palma, se entiende) y escribir luego un reportaje sobre lo que viera. La idea de dar la vuelta a la ciudad (al término municipal, exactamente) se me ocurrió enseguida. De esta manera podía hacer el trabajo de campo para el reportaje y hacer un entrenamiento largo de cara a la 28 horas de Roubaix, que estaba preparando por entonces. El reportaje que escribí después ha salido publicado ahora y aunque es larguito y quizás un tanto coñazo (ocupa cuatro páginas del diario) lo reproduzco aquí por si a alguien le entran ganas de leerlo.
En 1895, un tal Yves Gallot se pasó un mes entero dando vueltas al perímetro de la ciudad de París. En total dio 62 vueltas. Si en lugar de París hubiera elegido Palma, solo habría podido dar la mitad. El perímetro de París tiene en torno a 35 kilómetros. El de Palma, más del doble.
Y es que mientras que para dar la vuelta a París Gallot no tuvo más que caminar por la acera siguiendo el trazado de los llamados bulevares exteriores, que entre todos dibujan una circunferencia casi perfecta en torno a la ciudad, para dar la vuelta a Palma debería seguir una línea quebrada que discurre por entre zonas urbanas y rurales alternando aceras, paseos peatonales, arcenes, carreteras sin arcén y hasta calles sin asfaltar. (Claro que como tendría que caminar un poco a ojo porque en la oficina de turismo no habría encontrado plano alguno que incluyera algo más que el centro, tampoco le íbamos a exigir exactitud total.)

Pongamos que Gallot empezara a caminar en el Passeig Maritim a primera hora de la mañana y quisiera dar la vuelta a Palma en sentido contrario al de las agujas del reloj. Todo recto, atravesaría con paso firme el Coll, toda Can Pastilla y la parte de s’Arenal que corresponde a Palma hasta que al llegar al Torrent des Jueus, límite natural de la ciudad, debería cambiar de dirección y seguir hacia el interior. Caminando en paralelo al cauce del torrente, Gallot llegaría a una zona de viviendas unifamiliares con calles a medio asfaltar o directamente sin asfaltar, perros sueltos, trastos abandonados, un coche de bomberos antiguo mal aparcado y ninguna señal de cómo cruzar la inmensa carretera que corta la Isla por esta parte. Seguramente Gallot acabaría volviendo sobre sus pasos hasta dar, más por intuición que por otra cosa, con esa segunda o más bien tercera línea de s’Arenal que todavía se puede permitir llamar a sus bares “Can Rafel” y anunciar en ellos “Berenars i tapes variades”. Desde ahí sale la carretera que lleva s’Aranjassa y que discurre bordeando más o menos el límite que separa Palma de Llucmajor entre granjas en las que sobrevive todavía algún viejo molino. “Se venden palmeras”, leería en un cartel fijado a la valla de lo que en un tiempo debió de ser también una granja.


En s’Aranjassa, tras su buena horita de caminata casi solitaria desde s’Arenal, Gallot tomaría el camino a Sant Jordi, que sale desde el mismo núcleo y que discurre entre campos dedicados al cultivo que él, como era de ciudad, seguramente no sabría de qué son. A Gallot le adelantaría aquí un tractor. Tras rodear la depuradora, llegaría a Sant Jordi, que si no fuera porque aquí hay parada de la EMT, se diría que más que un barrio de la ciudad es pueblo que va a su bola. La siguiente etapa de Gallot sería Casa Blanca. Antes, sin embargo, debería pasar justo por allí donde de empieza la pista del aeropuerto y raro sería que en ese momento no pasara sobre su cabeza un Air Berlín o un Iberia. Quizás incluso un Virgin Air. En Casa Blanca, Gallot, después de pasar junto al bar Can Rigan, debería buscar la vieja carretera que lleva a Son Ferriol y que ahora viene a ser la vía de servicio de la nueva que une Palma con Manacor. Un consejo, Yves: lo mejor es preguntar. En Son Ferriol se unen el campo y la ciudad. Palma y la Part Forana todo en uno. A la entrada, un anuncio retrotrae a épocas anteriores: Nitrato de Chile. Y en el centro, gente por todas partes.


Después de abandonar Son Ferriol por el Camí Vell de Sineu, Gallot seguiría caminando dejando a la izquierda la mole del hospital de son Llatzer. Entre esta y la carretera, un rebaño de ovejas pasta habitualmente. Al poco, antes de entrar en lo que es propiamente dicho la ciudad de Palma por el Camí Salard, aparece otro de los límites naturales del término municipal: el Torrent Gros. Al otro lado, Marratxí. Caminando paralelo al torrente y ya por zona completamente urbana, menudo alivio, se atraviesa el Rafal Nou, se cruza nada menos que la calle Aragón y se entra en son Cladera primero y en la Indiotería después. Camí dels Reis todo recto a través de una zona de pequeñas casas con huerto y garaje, se llega a la carretera de Sóller. Alto ahí. Aquí debería seguir por la carretera en dirección a Bunyola y torcer en algún punto más o menos indeterminado a la izquierda. Estamos a mitad de camino, así que otro que no fuera Gallot habría tomado la dirección de Son Sardina, donde habría esperado a que pasara el metro, que además ahora es gratis, y habría dejado el resto de la caminata para mañana. Gallot, no. Es más, seguramente habría tomado la decisión menos complicada y por eso mismo más larga, esto es, salirse de Palma cruzando el límite con Bunyola, llegarse hasta Palmanyola, torcer allí hacia s’Esglaieta, que ya es Esporles, y volver a entrar en el término de Palma, pasando luego junto a la Universidad para volver a torcer a la derecha por Son Espanyol. Dicho y hecho (y en solo un par de horitas más).


Todo recto primero, y a la izquierda después, siempre por el camino Real, Son Espanyol le habría recordado la Indiotería. Al final, una señal para ciclistas le indicaría la dirección a seguir para llegar a Establiments. En Establiments, después de pararse a tomar un café con leche –él habría pedido café au lait-, Gallot debería volver a salir de Palma, esta vez en dirección primero a Puigpunyent y luego a Calvià, para volver a entrar salvando la Serra de na Burguesa por el Coll de sa Creu, una caminata solitaria de dos kilómetros de subida y seis más de bajada por entre pinares y campos de tiro. Abajo a la derecha, Génova, ojito con la carretera, Yves, que aquí los coches van a toda leche. Más abajo todavía, un San Agustín repleto de turistas en bañador recibiría al caminante, al que a partir de ahí solo quedaría seguir por la orilla del mar para completar la vuelta. Gallot habría llegado a casa a las tantas. Otro cualquiera, no digamos.

2 comentarios:

Vic dijo...

ME ha encantado y lso he visualizado todo. Me encanta encontrarte por las carreteras cuando paseo (en coche).

khannouchi dijo...

me encanta.