miércoles, 27 de septiembre de 2006

El dique

He entrenado en el Dique del Oeste desde siempre. Desde los tiempos en que era un adolescente corredor (dos enfermedades que se curan con el tiempo). Solo tengo que dejar mi casa, caminar los doscientos metros escasos que separan mi calle del Paseo Marítimo, cruzar la calzada y empezar a marchar. Desde ese punto hasta el faro que señala el final del rompeolas hay casi cuatro kilómetros y medio, los dos últimos ya por el dique propiamente dicho. Casi nueve kilómetros ida y vuelta. Mi mejor tiempo lo hice en 1992: poco más de 42 minutos. He entrenado en el Dique desde siempre y hasta el año pasado. Hace un par de meses publiqué este artículo en Última Hora.

El dique
No sé si se alguna vez se habrán parado a pensarlo, pero aquí en Palma la instalación deportiva más importante que tenemos no es ni el Estadio de Son Moix, ni las piscinas de Son Hugo, ni el Hipódromo de Son Pardo. Nuestra más grande y mejor instalación ha sido siempre el dique del Oeste. Desde hace décadas, en los casi dos kilómetros que mide el paseo elevado del espigón se han venido ejercitando día tras día, cada uno a su ritmo, desde atletas consumados a sencillos caminantes, impulsados unos por alguna oculta ilusión, otros por su médico de cabecera y la mayor parte por el simple placer de hacerlo. Debe de hacer casi treinta años que voy al dique –qué viejo me estoy haciendo, Dios- y podría darles cuenta de los miles de kilómetros que he recorrido, pero prefiero hablarles de la gente que he conocido allí. Personas con las que a fuerza de coincidir de lunes a domingo y a pesar de no haber intercambiado nunca más de unas pocas palabras seguidas y no conocer ni sus nombres, han acabado por hacerse mis amigas. ¿Qué se supone que es el deporte sino eso precisamente? El año pasado, sin embargo, cerraron el dique porque necesitaba un arreglo. Las barandillas estaban en mal estado, parece. Los pesimistas de entre nosotros auguraron que ya no lo volverían a abrir. Los optimistas dijimos que seguro que lo harían en cuanto terminaran las obras, que solo faltaría, hombre. Acertaron los pesimistas Ha pasado un año, las obras concluyeron hace tiempo y el dique todavía sigue cerrado. No sé quién es el fulano responsable de ello, pero si me lee que sepa que por sus santas narices hace un año que no veo a mis amigos.

Ni puto caso.

2 comentarios:

maria dijo...

Seguro que encontraste una buena alternativa. Y amigos alternativos.

A ver, me mata la curiosidad. Indícame el camino a los artículos (que seguro has escrito) donde comparas las ventajas y alegrías del marchar con el insano vicio del correr.

Bejota dijo...

No los he escrito, lo siento. Pero George Sheehan, corredor-filósofo dedicó todo un capítulo de su libro "Por qué y cómo correr" ("Dr. Sheehan on Running" )a glosar las diferencias entre corredores y caminantes. Su conclusión: "El caminante ha encontrado la paz que el corredor está aún buscando". Pero lo mejor es esto: "La salud y la buena forma física forman parte de los valores del caminar. Pero para lo que resulta insustituible es para la creatividad y el gozo intelectual". Con todo, reconozco que a mí me gusta exagerar.