martes, 17 de abril de 2007

Solos en la carretera (I)

-¿Una prueba de marcha entre Perpiñán y Barcelona? ¿Y dices que el año que viene?
-Oui.
Me dieron la noticia en la misma línea de salida de los 200 kilómetros de Chateau - Thierry de 2002. No era, pues, el momento de ponerse a discutir, pero yo tampoco quería dejar pasar la oportunidad de decir lo que pensaba al respecto.
-¿Entre Perpiñán y Barcelona? ¿Por la carretera nacional?
-Oui.
-Pues no.
-Non?
-Non.
No había que ser un visionario. Entre Perpiñán y Barcelona hay 200 kilómetros, unos 160 en territorio español siguiendo la carretera nacional. Era una verdadera ingenuidad pretender que las autoridades, sobre todo las del lado de aquí de la frontera, cerraran el tráfico, siquiera dejando libre un carril, ni mucho menos que permitieran que una treintena de atletas marcharan por el arcén durante 24 horas a merced de coches y camiones.
-Non.
Y durante los meses siguientes no me cansé de repetírselo a cuantos me venían con el cuento de la futura carrera entre Perpiñán y Barcelona. Era imposible. No iba a haber autorización.
-Non?
-Que non, coño.

La salida se dio frente a la estación de tren de Perpiñán el 22 de abril de 2003 a mediodía. No se iba a cortar el tráfico, ni siquiera parcialmente. Marcharíamos por el arcén. Pasaríamos por Le Boulou, Le Perthus, entraríamos en España por La Junquera, seguiríamos hasta Figueras, ya de noche haríamos la circunvalación de Gerona, y ya por la orilla del mar atravesaríamos Pineda de Mar, Calella, Arenys de Mar… Y después de dejar atrás Mataró, Premiá de Mar, El Masnou y Badalona llegaríamos a Barcelona. La meta estaba situada junto a la Barceloneta. La organización nos dio un par de papeles en los que estaba descrito el recorrido a seguir y un plano para guiarnos cuando entráramos en Barcelona.
Éramos un ruso, un checo, un suizo, un luxemburgés, un letón, un eslovaco, un alemán, un inglés, dos españoles y diecinueve franceses. La organización había prometido que se pondría a disposición de cada marchador un vehículo con su correspondiente conductor para que le sirviera de apoyo circulando inmediatamente detrás de él y protegiéndole así del resto de vehículos que transitaran por la ruta. Dicho de esta manera sonaba muy bien, había que reconocerlo, pero en realidad lo que se hizo fue reclutar a voluntarios que no solo hicieran el papel de chófer sino que también prestaran su propio coche. A mí me tocó enn suerte un matrimonio catalán residente en Perpiñán que tenía un monovolumen y que se apuntó porque a los dos les hacía ilusión pasar un día en Barcelona.

Así las cosas, después de los consabidos actos protocolarios se dio la salida en la misma plaza que hay frente a la estación y eso porque Salvador Dalí dijo una vez de esta que era el centro del universo. Si lo hubiera dicho yo o cualquier otro de los que estábamos allí, o incluso usted que está leyendo, imagínense el caso que nos hubieran hecho, pero, claro, lo dijo Dalí. En fin, que comenzamos a marchar y ya a los cincuenta metros se nos tuvo que hacer dar la vuelta a todos porque en el primer cruce debíamos haber girado a la derecha en lugar de seguir recto. Empezábamos bien.
(Continuará...)

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