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domingo, 17 de junio de 2012

¡Marchando!

(Antibes 2012: la crónica definitiva)
-¿Y si no hay arroz?
-Entonces puré.
-¿Y si no?
-Pasta.
-¿Y a todo le echo queso rallado?
-Sí.
-Marchando.
Que conste que no me quejo, pero esto no es lo que tenía planeado para estas dos últimas horas de competición, francamente. Mi idea inicial era pasármelas enteritas sentado al fresco en el chiringuito de la playa, tomándome un helado bajo una sombrilla mientras contemplaba desde desde la distancia como el resto de corredores y marchadores de los 6 días seguía dando vueltas y más vueltas al circuito del Fort Carré de Antibes a la espera de que se cumpliera el tiempo y la prueba terminara. Y cuando, casi a punto de irme para allá, ha aparecido Eva caminando porque las heridas que tiene en los pies no le dejan correr y me he puesto a acompañarla, mi intención era la de hacerlo solo durante las tres o cuatro vueltas que necesitaba dar para asegurarse el podio. Para eso estamos los compañeros. Pero llevamos ya siete u ocho y no sé si es porque no sé decir que no o que, pero aquí estoy, ante la mesa del avituallamiento, después de pasar de largo una vez más por delante del chiringuito, pidiendo que me sirvan rápido un poco de puré de patatas para salir pitando y alcanzar a Eva de nuevo antes de que se le enfríe. 
-Lo siento, no hay queso.
A estas alturas la mayoría de los participantes ha dejado realmente de competir y se limitan a cubrir sus últimas vueltas al circuito a ritmo de paseo cumpliendo con el rito de hacer ondear sus banderas, o simplemente aguardan sentados junto a las tiendas a que den las cuatro de la tarde. A casi nadie la cosa le viene ya de una vuelta de más o de menos. Incluso la cuarta se ha rendido ya y camina más lento todavía que nosotros. Pero Eva dice que sigue. Quiere llegar a 590 kilómetros.
-¿Te cojo algo de beber?
-Isotónico y agua, por favor.
-¿Y de comer?
-La próxima vuelta.
A falta ya de menos de media hora para el final, en la zona de meta la gente se agolpa ahora ante la web cam que ha retransmitido la carrera durante estos seis días para mandar un último saludo a los amigos y familiares que los ven desde casa. Me pregunto si los míos me habrán visto también pasar a toda leche sorteándolos a todos con un vaso de plásticos en cada mano. Si han estado atentos habrán podido comprobar que no he derramado una gota. 
-¿Cuántos kilómetros llevo?
-Te lo miro en la próxima.
Y al siguiente paso por meta me detengo una vez más ante el tablero electrónico que actualiza la clasificación de la prueba vuelta a vuelta para mirar los kilómetros que lleva Eva. Ahora que caigo, no sé cuánto hace que no miro los kilómetros que llevo yo, que también compito en esta carrera y voy a ganar en la modalidad de marcha, no sé si estará mal que lo diga después de todo. 
-589. Con esta estás lista.
-Mejor doy otra, por si acaso,y así me paro en mi tienda y cojo ya unas cosas para más tarde.
-Bueno, vale.
Y una vuelta después hago por fin mi último paso por meta llevando en una mano mi bandera ajedrezada de los tercios de Spinola en una mano, y en la otra el neceser de Eva.
















Foto: Laurent Armand

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Joder, qué cuesta

Madrid-Segovia 2011
-¿Así que es aquí mismo?
-Aquí mismo, sí. Bajan desde allí y cuando llegan a la plaza giran hacia la izquierda para subir por la calle Real.
-Pues menuda bajada.
-Pues sí.
Y le doy las gracias y las buenas noches y continúo caminando cuesta arriba en paralelo con los arcos del acueducto. Cojeo un poco. No es solo que tenga las piernas doloridas; es que además llevo las zapatillas llenas de chinas que he venido acumulando desde que empecé a subir por la carretera de la República hace casi treinta kilómetros. Tendría que haber aprovechado para descalzarme y sacármelas en el avituallamiento de la Cruz de la Gallega, pero a ver quién se aviene a perder un minuto teniendo ya las luces de Segovia a la vista.
Casi al final de la cuesta intercambio un saludo con uno de los corredores que ha llegado a meta poco antes que yo. Acaba de recoger la bolsa con la ropa que dejó en la salida y se vuelve para casa con la medalla colgada del cuello y un bote de aquarius en la mano. Es casi la una. Hemos tardado algo más de quince horas. Desde Madrid. Por Tres Cantos, Colmenar Viejo, Manzanares del Real, Mataelpino, La Barranca, Cercedilla y el alto de la Fuenfría. Cien kilómetros. Más de dos mil metros de desnivel positivo.
Me giro para ver bien toda la cuesta por si acaso decido no volver más. Sí, aquí es donde cada año se celebra la carrera del Pavo para bicicletas sin cadena. En esta misma cuesta. Joder, qué cuesta.

sábado, 18 de junio de 2011

La tormenta perfecta


El último rayo ha caído cerca. En la bahía de Niza está descargando una buena. Espero que al menos tarde un par de horas en llegar aquí, las que me quedan a mí para el descanso. A partir de ese momento, por lo que a mí respecta puede descargar la mundial. La tormenta perfecta es aquella que a ti te pilla durmiendo. Y los demás, que se jodan.

Esta visto, sin embargo, que no tendré tanta suerte. En seguida comienzan a caer las primeras gotas sobre el circuito. Y antes de que termine de dar esa misma vuelta llueve ya con bastante intensidad. Es la medianoche del primer día. Solo llevamos ocho horas de marcha. No es cuestión, por tanto, de hacerse el machote. En pleno aguacero avivo el paso para llegar cuanto antes a dónde está la caravana y refugiarme en su interior. Allí dentro encuentro ya a Cristina y Alberto. Ellos sí han tenido la suerte de que la lluvia les coincida con su descanso programado.

Por la ventana veo como en cosa de unos minutos la tormenta limpia el circuito de corredores y marchadores. La gente ha corrido escopeteada a guarecerse en sus vehículos, en sus tiendas e incluso bajo las carpas comunes de la organización. Es el diluvio.

Diez minutos ya. Si dura un poco más deberé rehacer mi táctica por completo y adelantar el descanso. Pero aun así es demasiado pronto todavía para dormir las escasas dos horas que tenía planificadas para esta primera noche. Ni tengo sueño ni estoy realmente necesitado de descanso. Y cuando me tocase salir me quedaría una noche larguísima por delante para hacer toda de un tirón. No, no puedo quedarme aqui dentro más allá de unos minutos. Sin embargo, decido esperar un poco más, tendido en mi litera, mientras Cristina y Alberto se preparan para echarse a dormir un rato. Por momentos parece que escampa y algún valiente se atreve a salir a dar vueltas al circuito cubierto con un chubasquero que le protege de arriba a abajo. Tampoco es plan. Pero como esto siga así mucho tiempo habrá que salir y jugarse una pulmonía a cinco días vista. Eso o seguir perdiendo vueltas esperando que amaine. En cualquier caso va a ser una masacre de mucho cuidado. Me vienen a la mente ahora las palabras de José Luis Posado en la entrevista que le hicieron en una emisora de radio antes de venirse para aquí: "Esta es la prueba más dura que hay. Más dura que la Marathon des Sables, más dura que unas 24 horas, más dura que...". ¿Hay algo más inhumano que los 6 días de Antibes?, me pregunto yo también. Mis cavilaciones las interumpe de pronto la voz de Alberto desde el baño:
-Cris, ¿me puedes acercar el pantalón del pijama?

miércoles, 18 de mayo de 2011

La soledad del marchador del fondo

Crónica del Tomir 44
A mitad de subida del Tomir me cruzo con un excursionista que se aparta para dejarme pasar. Me pregunta si voy el último. Le contesto que no sin demasiado convencimiento. Me temo que los dos únicos tipos que iban detrás de mi se han retirado ya y realmente sí lo soy. La confirmación de mis sospechas me llega cuando, poco después de alcanzar la cima y empezar la bajada, escucho voces a mi espalda y me giro para descubrir a la pareja, él y ella, que va haciendo labor de escoba. Ya los tengo ahí, maldita sea. Me animo pensando que en el fondo la cosa no tiene mayor importancia porque he pasado por el control del kilómetro 29 en el coll des Pedregaret con media hora de adelanto sobre el tiempo límite, así que voy a llegar el último, sí, pero voy a llegar.

A mitad del descenso me alcanzan y se ponen a seguirme a unos pocos metros de distancia. No es la primera vez que voy a acabar el último en una carrera, y por eso mismo sé muy bien que si hay algo que el último clasificado de una prueba agradece sinceramente es poder pasar el trance con discreción y, de ser posible, en la intimidad, Cuando vas el último, hasta el tañido de campana que avisa a todo el mundo que solo te falta una vuelta acaba por estar de más. No sé quién es la pareja que me sigue, pero ya veo que en los diez kilómetros que me quedan me voy a tener que tragar obligatoriamente su interminable cháchara. Eso si no termino por descalabrarme en cualquier momento, porque me pisan los talones de tal manera que si no aumento el ritmo igual en un descuido me pasan por encima. Por su culpa he tropezado más veces en este último kilómetro que en todo el resto de la carrera. Al poco oigo como ella le pregunta a él que qué tiempo cree que vamos a hacer (¿vamos?, ¿cómo que vamos?). Siete horas y media, contesta. Según mis cálculos estaremos más cerca de las ocho horas que de las siete y media, conque a ver si nos tranquilizamos y nos lo tomamos con calma.

En el avituallamiento del kilómetro treinta y cinco parece que se paran. Yo lo hago lo justo para beber algo de isotónico, sin hacerle puñetero caso al voluntaario que me ofece betadine -no me había dado cuenta hasta ahora de que llevo sangre en las manos, me cago en la puta "rosseguera"-, y reemprendo en seguida la marcha apretando el paso para ver si les saco suficiente ventaja y me libro de ellos.

Es inútil. Antes de diez minutos los tengo de nuevo pegados al cogote contándose la vida el uno al otro. Oigo como él se queja de que ir a este ritmo tan lento le carga mucho las piernas. Joder con el señorito. Pues que sepas, pienso, que no tengo intención de correr ni un solo metro, ¿estamos? He llegado hasta aquí caminando toda la carrera y así llegaré al kilómetro cuarenta y cuatro. Por mis huevos.

Los cinco kilómetros finales son de aslfato pero hasta llegar allí todavía me quedan al menos uno par más por caminos pedregosos. Miro constantemente el reloj, y me parece que no soy el único. Oigo ahora como ella vuelve a preguntarle por el tiempo que se supone que vamos a hacer. Él contesta que será más de siete horas y media, que antes dijo ese tiempo porque pensaba que iríamos más rápidos en la bajada, tócate los cojones. Ya es lo que me faltaba, me digo justo antes de poner mal el pie y estar a punto de darme una leche.

Llegamos por fin (llegamos, sí, porque a este par ya no me lo quito de enicma, habrá que joderse) al avituallamiento del kilómetro cuarenta. Los voluntarios apuntan el número de mi dorsal mientras apuro un vaso de agua.
-¿Y el vuestro? Ah ya, que sois la escoba. ¿Así que el 493 es el útimo?


Foto: Dani Salas

miércoles, 9 de marzo de 2011

Cuenta atrás

6 horas de Valencia: la crónica
Da igual la prueba que sea. Tanto es si se trata de unas 6 horas o de unos 6 días. Al final siempre acaba ocurriendo lo mismo. El tiempo, que no pasa. Y las piernas te pesan y notas como se te está hinchando un pie, y te lamentas y juras en voz baja, y tuerces el gesto y aprietas los dientes, pero cuando vuelves a mirar el reloj no ha pasado más que un minuto o minuto y medio desde la última vez que lo miraste. Y lo único que quieres es que esto se acabe de una vez para poder irte a casa por fin. Pero tienes que aguantar porque aún falta al menos una hora. Y no puedes decir que no supieras que iba a ser así. Has ido ya a demasiadas carreras como para olvidarte de que esta parte nunca cambia. Así que tampoco esperabas que en estas 6 horas de Valencia la cosa fuese diferente. Y sin embargo lo ha sido, oye. No hace ni media hora que ha terminado la carrera y ya están sirviendo la paella.


Foto: Fsport.es

viernes, 24 de diciembre de 2010

Cosa de dos


-¿Y usted?
-Lo mismo.
Es lo bueno que tienen las pruebas de 24 horas cuando se hacen por relevos, oye, que te dejan tiempo para todo. No hace falta avituallarse en marcha, ni mear disimuladamente en las esquinas de la pista... En cuanto termina tu relevo puedes hacer lo que Santiago y yo, esto es, salir tranquilamente del recinto, cruzar la calle y meterte en el primer bar. Esta vez, como ya es la hora de cenar, mientras los demás dan vueltas nosotros nos hemos venido a un kebab, que es el único lugar del barrio que no está repleto de gente viendo el fútbol, fumando y gritando. También se ha apuntado Rubén y a última hora lo ha hecho un señor que estaba en la pista viendo la carrera y al que no conocemos de nada pero es el que lleva el peso de la conversación.
-Y una cocacola.
Otra cosa buena de las pruebas por relevos es que si se da la salida y tú todavía no has llegado tampoco pasa nada. Ya saldrá el otro y tú harás el segundo relevo cuando llegues. No hay prisa. Así que yo me he venido a Barcelona hoy mismo. Y como el avión se ha retrasado diez minutos y he perdido el cercanías de las once menos veinte, he tenido que coger el de las once y diez, y cuando he llegado ya estaban los demás compitiendo (aunque también es verdad que quizás habría llegado justito si al dejar la estación hubiera preguntado donde estaban las pistas y no me hubiese empeñado en dejarme guiar por mi intuición). Con todo, tengo que decir que he salido de casa esta mañana llevando puestos los pantalones de atletismo debajo de los vaqueros para no perder mucho tiempo cambiándome luego. Que aunque en la prueba por parejas Santiago y yo tengamos pocas posibilidades, uno es una persona responsable.
-¿Parejas, dices? Pero si estáis aquí los dos cenando... ¿quién está ahora en la pista?

miércoles, 20 de octubre de 2010

De qué hablo cuando hablo de maratones

¿Has leído a Murakami, Klaus? ¿Ah, qué como sé que te llamas Klaus? Pues porque llevas tu nombre escrito en el dorsal, ¿no te acuerdas? Bueno, da igual si no has leído a Murakami. porque es un poco plasta, para qué lo vamos a negar (y no quiero ni pensar lo que será leerlo en alemán, francamente). El tipo, Murakami digo, escribe y corre maratones, pero no solo es bastante malo como escritor que corre sino que como corredor que escribe tampoco es que sea muy original. Ahora mismo, cuando tú y yo estamos a punto de pasar por el kilómetro 30, él nos saldría con la mandanga esa de que en este preciso momento es cuando empieza de verdad el maratón y se pondría a hablar del famoso muro y tal y cual. Ya ves, a dos pasos del muro del Maratón de Palma y tú y yo contándonos la vida como si no nos doliera nada. Qué menos, claro, si llevamos ya casi quince kilómetros juntos y hasta nos pasamos el agua el uno al otro en los avituallamientos. Que sepas que te lo agradezco, pero tampoco hacía falta que me esperaras cuando me he parado a mear; yo no pienso esperarte cuando tú lo hagas (y mucho menos estrecharte la mano cuando hayamos cruzado la meta, vete haciéndote a la idea). Pero tranquilo, que yo no soy de los que esprintan en los últimos metros para ganar al de al lado, así que también podemos llegar juntos si quieres. Eso sí, nada de abrazos ni palmaditas en la espalda después, que menuda sarta de capulladas escribiría Murakami si nos viera hacer eso.
Ah, y menos mal que ya solo nos quedan doce kilómetros, porque empiezo a estar hasta los huevos de ver como recortas subiéndote a las aceras en todas las curvas, perdona que te lo diga, Klaus, aunque no me entiendas.

Publicado originalmente en Última Hora.
Foto: Marcelius Protography.

martes, 5 de octubre de 2010

Segovia, 2:08 a.m.

Alguien dirá que hay maneras mucho mejores de pasar la noche de un sábado en Segovia que metido en un saco de dormir y echado sobre una colchoneta junto a las espalderas de un pabellón deportivo. Puede. Pero no después de haber llegado marchando 100 kilómetros desde Madrid y de haberlo hecho en algo menos de 15 horas y media, cansado, bastante dolorido y mucho más destemplado. Y sobre todo, para qué lo vamos a negar, cuando recuerdo que mientras yo me arrebujo en el interior del saco buscando dar con la posición correcta para dormir mis buenas cuatro o cinco horitas de un tirón, allí fuera, en mitad de la noche y el frío que empieza a colarse por entre las costuras, hay todavía un par de centenares de tipos con mochila a la espalda y linterna en la frente sufriendo lo que les queda de camino hasta el acueducto. Pues sí, qué bien se está aquí dentro, oye.

Doy tiempo a que se me cierren de una vez los ojos pensando precisamente en todos esos que están cubriendo ya los últimos kilómetros, a través de la cañada, bajo el cielo negro, poniendo más empeño en orientarse que en mantener el ritmo ya de por sí renqueante a estas horas de la madrugada, viendo ya las luces de Segovia cada vez más cerca y creyendo reconocer equivocadamente los arcos del acueducto allí a la izquierda.

No me olvido de los que, más atrás, acaban de coronar los casi 1.800 metros del alto de la Fuenfría después de ascender cansinamente por la frustrada carretera de la República, rezando también ellos en cada curva que la siguiente les deparase el inicio de la anhelada cuesta abajo. Me los imagino intentado decidir entre el caldo o el café con leche del avituallamiento (yo elegí el café con leche, pero a mi lado coronó alguien que pidió las dos cosas, menos mal que en vasos diferentes).

Los habrá todavía que estén al inicio del puerto, catorce kilómetros más abajo, aunque a estas horas difícilmente habrán encontrado a su paso por Cercedilla a gente sentada a las mesas de las terrazas (dudo mucho que hayan encontrado siquiera las mesas). Sin prisas, habrán aprovechado el último avituallamiento sólido, la pasta, la fruta y los pastelitos (tengo que acordarme de acercarme a Mercadona para comprar medio kilo de esos que tenían sabor a fresa, pero en la próxima carrera debería ser capaz de no comerme más de cuatro seguidos), para recuperar un tanto las fuerzas antes de afontar los últimos treinta y tantos kilómetros, convencidos ya de llegar hasta el final.

Para todos ellos han quedado atrás el estoico ascenso desde Mataelpino, el ondulante discurrir de las vías pecuarias a partir de Manzanares del Real, la travesía de las calles de Colmenar Viejo bajo la solana -a mi me habría tocado prestar la mili allí si no me hubiera presentado voluntario en Aviación, por lo que me ha hecho ilusión conocer mi destino aunque fuera con dos guerras de retraso-, y los kilómetros iniciales, todavía cómodos y alegres, en grupo, hasta Tres Cantos.

Ha sido todo muy bonito y emocionante, sí, pero dejémonos de bobadas sensibleras: a estas horas donde mejor se está es aquí dentro bien calentito y quieto.

Vaya, ahora tengo pis.

jueves, 19 de agosto de 2010

1079 (la crónica)


"A Centurion is one who, as an amateur, has succesfully completed a 100 miles race walking event in Great-Britain within 24 hours."
A mi en las carreras me pasa normalmente lo que a todos: que me canso un huevo. Como excusa a la hora de retirarse no funciona muy bien, así que procuro emplearla lo justo. En ocasiones también me pasa que me lesiono. El proceso es el habitual: empiezo sintiendo un ligero dolor en la rodilla o en el pie a mitad de carrera y cuando me doy cuenta estoy cojeando de forma ostensible. Aquí, en caso de retirada, la gente normalmente es más comprensiva y se aviene. Por fortuna me lesiono poco. Lo que sí me sucede con bastante frecuencia es que me lastimo. Es como lesionarse, solo que con sangre. Es lo que tiene pasar de los cien kilómetros en competición. Lo bueno es que si te paras por eso nadie tiene cojones de discutírtelo.

Pero esta es la primera vez que durante la prueba noto que me estoy poniendo enfermo. No sé si como excusa funcionaría o no, pero da igual porque hoy sí que no me puedo retirar. No he venido aquí a ganar y ni siquiera creo eencontrarme en condiciones de poder estar al final entre los tres primeros. Simplemente he venido a terminar. Solo hay una prueba de estas al año y de Colchester no me voy sin que los centuriones británicos me reconozcan como uno de los suyos después de haber hecho mis propias 100 millas en menos de veinticuatro horas. Como John Fowler Dixon, que fue el primero, en 1877, y como Michael Sutton, que el año pasado se convirtió en el 1078. He venido para ser el miembro número 1079. Llevo doce horas, me quedan como mucho otras doce y ya me he tomado dos ibuprofenos.

Lo bueno es que cuando se ha dado la salida estaba completamente sano. Más cansado de la habitual, que por algo he dicho ya que no he venido más que a terminar, pero de salud bien, oye. Iba a mi ritmo, avituallando regularmente: agua, cocacola, plátanos, barritas energéticas, algún trozo de pastel de carne... Veía que, en efecto, a ese paso no iba a ganar, pero pensaba que a poco que en las últimas millas fuera capaz de mantener un ritmo más o menos digno podía llegar a subir al podio. Pero entonces ha caído el aguacero.

Aquí en Inglaterra, en verano puedes ir en camiseta de manga corta, pero si te pones un jersey de lana no te sobra nada. Yo iba en camiseta cuando han empezado a caer las primeras gotas y con ella seguía cuando terminaron de caer las últimas. La lluvia no ha durado más de media hora y al cabo de un rato incluso ha vuelto a lucir tímidamente el sol. Demasiado tarde, sin embargo, para que la ropa se secara antes de que anocheciera.

Todo ha empezado con una ligera aspereza en la garganta. No es la primera vez que me pasa y normalmente se queda en eso. Hoy no. Hace horas ya que me avituallo solo a base de café con leche y gominolas. Cualquier otra cosa me causa una enorme molestia, incluso dolor, al tragar, y la sola idea de beber algo a temperatura ambiente me provoca escalofríos. Y por si fuera poco, los efectos secundarios de tanto café con leche me tienen ahora mismo sentado en el retrete perdiendo posiciones. Son más de las dos de la madrugada y en estas condiciones todavía me quedan sesenta kilómetros.

Y ahora caigo en que me había olvidado de decir que a veces también me duermo mientras marcho.

martes, 22 de junio de 2010

El amigo invisible


A ver si me voy a hacer un lío... Me acabo de levantar. Son las tres de la madrugada. A las ocho de la mañana de ayer me tomé las sales minerales, a la dos de la tarde el magnesio, a las nueve de la noche.... ¿Qué coño me tomé a las nueve? Ah, sí, las putas vitaminas. Entonces... ¡Ahora toca el ibuprofeno! ¡Estamos salvados!
Disuelvo el sobre en el bidón de agua y con él en la mano me pongo de nuevo a caminar en mitad de la oscudidad, con las luces de Niza al fondo y bajo un cielo sin estrellas que parece anunciar que hoy tendremos por fin la movida que el hombre del tiempo lleva días pronosticando sin suerte. Voy dándo sorbos a medida que cojeo. La rodilla me duele un huevo. Ni siquiera puedo doblarla. Y de los pies ya ni hablo. Con un poco de suerte el ibuprofeno me empezará a hacer efecto en menos de tres vueltas. Eso, o no sé cómo diablos voy a continuar tres días más así.
Al paso por meta miro el panel con la clasificación provisional. Trescientos y pico de kilómetros. Y sigo yendo primero. Le doy un nuevo sorbo al bidón y saludo ritualmente a Alain, que me adelanta. Ha descansado menos que yo y sin embargo se le ve muy suelto y rápido. Yo todavía cojeo. Dos vueltas para que empiece a hacerme efecto el ibuprofeno. Echo un vistazo a todo lo ancho del circuito para intentar descubrir quién más está dándole al pico y a la pala a estas horas. Dom también sigue en pie, maldita sea. Pensaba que descansaría más. No veo a ningún otro de los que me siguen más o menos de cerca. Esto ya es cosa de nosotros tres. Pero todavía quedan tres días más, ya digo. ¿O son solo dos? Lunes, martes, miércoles... Voy de naranja, luego hoy es miércoles. .
Otra vuelta más cojeando y me paró a tomar algo de café en el avituallamiento. Está frío, así que antes de servírmelo me lo tienen que calentar en el microondas. La mayoría de los que paran en el avituallamiento echan mano a los bizcochos, el plátano, la manzana o el chocolate y siguen su camino sin perder más tiempo.
-Tampoco hace falta que me lo den hirviendo, oigan...
Reanudo la marcha dándole ahora sorbos al vaso con el café, y al cabo de media vuelta noto por fin que voy algo mejor. Los pies ya no me molestan tanto y en la rodilla solo siento un cosquilleo cada vez más ligero. Casi sin darme cuenta empiezo a aumentar el ritmo. Sobrepaso incluso a algún corredor.(En estos casos acostumbro a poner cara de sufrimiento porque tampoco me gusta ir por ahí haciendo enemigos.) Me impulso con fuerza con los brazos, que llevo ya doblados por los codos y no colgando paralelos al cuerpo como hasta hace solo unos minutos. Al cabo de vuelta y media ya no me duele nada, alcanzo a Alain y lo dejo atrás. Esta vez no le saludo. Si continúo así, en las cuatro horas horas escasas que faltan hasta llegue el momento de volver a descansar un ratito puedo sacarle unos tres kilómetros más de ventaja. Luego me tomaré las vitaminas. Y al siguiente descanso las sales. Y luego, por la noche, el magnesio. O quizás me vuelva a tomar un sobre de ibuprofeno en lugar del magnesio, que tampoco sé muy bien para qué sirve. Quizás me lo tome incluso antes, en lugar de las sales, que saben fatal. No pasa nada si me tomo un par de sobres al día. Incluso tres.
Pero en cuanto quiera lo dejo, ¿eh?

jueves, 25 de febrero de 2010

¡Maldita sea!


En el kilómetro 15 empiezo a avituallar sólido. Más o menos. Es bizcocho. Paso del plátano y evito los frutos secos. Hace un frío que pela y bebo té. Alterno bizcocho y té a cada vuelta. No voy cómodo. He empezado más atrás del puesto décimo y he conseguido subir tan solo un par de posciciones en estos casi ya 20 kilómeros. Y gracias a que ha abandonado el favorito, el suizo Urbain Girod. Esto se me está haciendo larguísimo. Y son nada menos que ocho horas. (Las "8 horas de Charly", para los que hayan llegado tarde.)

A las tres horas me pongo por objetivo pasar con un tiempo decente por los 50 kilómetros y dejarme ir el resto de la prueba. Que serán casi otras tres horas más, cágate lorito. Con esta idea aumento el ritmo y avanzo alguna posición más. Doblo nuevamente a Sandra y la saludo con la mano porque como marcha a su bola escuchando música no se entera de lo que le digo. Ahora no hace tanto frío y cambio el té por cocacola (no hay rastro alguno de isotónico). Y sigo con el bizcocho. En el kilómetro 40 echo una mirada al enorme tablón que refleja la clasificación provisional y veo que voy tercero. No contaba con eso. Llevo unas pastillas energéticas y las he ido dosificando para llegar medianamente airoso al 50 y que luego Dios diga. Va a ser una lástima que después pierda el podio, pero no me veo marchando así hasta que se cumplan ocho horas y vivir para contarlo. Solo llevo poco más de cuatro. Por el 50 paso finalmente en 5:17. Y con las piernas castigadísimas. Christophe Erard, que iba líder, abandona a la siguiente vuelta. Así que ya soy segundo. La cosa empieza a complicarse de verdad. Miro el tablón para saber quién es ahora tercero. Philipe Gilles. No le conozco. A Gilles Letessier, que tiene un gran final, ya lo he doblado, así que no creo que pueda recuperarme tanto. Me preocupa Alain Costils, que no debe de andar muy lejos. Perder el podio yendo tercero no es lo mismo que perderlo yendo segundo. Eso me tocaría bastante los huevos, francamente. Así que me va a tocar sufrir. Y todavía me quedan dos horas y media. Y encima ahora me tengo que parar a mear.

A la vuelta siguiente doblo a Patrick Lailler que me dice que el primero está allí delante mismo. Lo que me faltaba, oye. En la siguiente recta larga le veo. Es Philippe Vit. Debe de haber bajado bastante el ritmo porque me aproximo muy rápidamente a él. Un poco más de bizcocho y en esa misma vuelta le alcanzo y lo dejo atrás. Al pasar por la zona donde están los avituallamientos oigo como alguien un tanto despistado comenta que voy segundo. Lo desmiento con el pensamiento: "No. Voy primero. Maldita sea".

jueves, 19 de noviembre de 2009

Brooklyn Express


El Boardwalk de Coney Island fue construido en 1932. Recorre cuatro kilómetros de playa a lo largo del Boulevard Riegelmann pasando junto al viejo parque de atracciones y al nuevo campo de los Ciclones de Brooklyn. Aquí ganó Laskau en los cincuenta. Sobre este mismo piso de madera.

Las diez millas comienzan a las nueve de la mañana. Es una prueba con handicap, lo que significa que a las nueve en punto solo toman la salida los más modestos. El siguiente grupo sale diez minutos después. Yo salgo junto a Bill Vayo, una chica y otro marchador, a las nueve y veinticinco. Tenemos que coger a todos los que han salido antes para ganar. Son cuatro vueltas.

Marchamos por la estrecho pasillo donde las maderas que conforman el piso están colocadas longitudinalmente en lugar de en diagonal, que es como están en el resto del bulevar, y lo hacemos casi en fila porque no cabemos los cuatro, y salirse del pasillo aumenta tus posibilidades de dar un tropezón. Pero incluso asi hay que marchar poniendo mucho ojo para no pisar un listón hundido o astillado y a la vez no darse de bruces con la gente que va y viene. Jóvenes que corren, ancianos que caminan, parejas que pasean al niño en su carrito... Y los marchadores que vuelven. Mira que el paseo es ancho -más de veinte metros-, pero todo el mundo se empeña en ir por el mismo sitio. Al cabo de lo que debe de ser casi una milla, a la altura del Astroland y tras pasar ante un kiosco junto al que hay colocado un cono amarillo, oímos un grito a nuestras espaldas. Alguien nos avisa de que teníamos que girar. Los cuatro nos miramos unos a otros y dudamos, pero Bill dice que de girar nothing, que hay que continuar rectos porque el circuito llega hasta no sé dónde. Así ha sido toda la vida. Y él ha ganado la carrera no sé cuántas veces in a row. Yo tengo mis dudas, pero estaría bueno que un extranjero de mierda (spanish para más señas) viniera aquí a Nueva York a decirles a estos americanos por dónde hay que marchar. Lo cierto sin embargo, es que yo debo de saber algo que ellos ignoran porque al cabo de unos minutos tengo ya la absoluta certeza de que la estamos cagando. No se ve ningún cono, no nos hemos vuelto a cruzar con ningún marchador, tampoco hay ningún juez a la vista y por el tiempo que llevamos deberíamos estar a punto de terminar la primera vuelta en lugar de en el quinto coño. Con todo, decido seguir a ver qué cojones pasa. En estas llegamos al final del paseo, donde no hay cono ni nada, así que tocamos la barandilla y giramos de una puta vez. Así a vuelapluma me sale que en esta primera vuelta, en lugar de cuatro kilómetros nos van a salir lo menos ocho. Al paso nuevamente por el kiosco, Bill y un juez intercambian unas palabras. Al juez no le entiendo, pero a Bill sí. "Nadie nos había avisado", dice. En seguida nos cruzamos con otros marchadores. Uno es Elliot Denman, que fue olímpico en 50km en Melburne en el 56. Por entonces la chica y el otro se han quedado atrás.

Al paso por meta, con la primera vuelta cubierta por fin, Bill vuelve a hablar con uno de los jueces, que además es el organizador y se encarga de darle la botella del gatorade, así que me decido finalmente a preguntarle. Me confirma lo que ya sé. Debíamos haber girado donde nos dijeron. ¿Y ahora qué? Bill me tranquiliza. Nos faltan dos vueltas.
-Pero solo hemos hecho una.
-Cuenta doble.

lunes, 22 de junio de 2009

Hotel Antibes



Suena la alarma del reloj. La verdad, no sé de qué me quejo. Mucha gente se levanta cada día a las cuatro de la mañana. (Claro que no es menos cierto también que no conozco a nadie que lo haga habíandose acostado previamente a las dos.) Con todo, no habré dormido más de hora y media, y en períodos, como mucho, de un cuarto de hora.

Me abrigo sin salir del saco, me pongo luego no sin esfuerzo las zapatillas, y abandono la tienda intentando no hacer ruido para no despertar a ninguno de los coredores que la comparten conmigo. La mayoría dormían ya cuando me acosté y ahí siguen, los muy cabrones.

Hay estudios que discuten la idoneidad de salir a hacer ejecicio antes de desayunar. Yo no solo no he desayunado todavía, sino que ni siquiera me he quitado las legañas. Y ahora que caigo, tendría que haberme cambiado de pantalones, porque estos hace ya dos días que los llevo puestos. Bueno, ya me pondré unos limpios por la tarde. Y a ver si también aprovecho y me ducho.

Cojeo al dar los primeros pasos. Tengo los pies hechos polvo por culpa del terreno y de las chinas que no dejan de entrarme en las zapatillas y que me obligan a pararme y descalzarme a cada rato para desalojarlas. De esta manera, penosamente, paso al poco junto a la mesa del avituallamiento. Lo hago, sin embargo, sin detenerme. No tengo ganas de llevarme nada a la boca porque, entre otras razones, después de tres días de marcha la tengo llena de llagas. Esperaré a la próxima, a ver si queda algo de bizcocho, y en la otra igual hasta me como medio plátano o algún gajo de naranja, y luego me lavo la cara. Entonces me quedarán casi diez horas hasta la próxima parada. Diez horas de marcha y dos de descanso. Así dos veces al día. Ese es mi plan. Paro de dos a cuatro de la tarde y de dos a cuatro de la madrugada. Por la tarde aprovecho el descanso para acercarme a la playa a remojarme los pies e intento echar luego una cabezadita a la sombra. Por la noche me meto directamente en el saco de dormir, sin mayores concesiones al ocio. Me pregunto a ver cuánto aguantaré a este ritmo, porque, sinceramente, ya estoy hasta los huevos. Todavía no he alcanzado la mitad de la prueba y no solo voy cada vez más lento (ya simplemente camino rápido, y no tan rápido como mi ritmo cardíaco parece indicar), sino que además me voy dejando una infinidad de tiempo aquí y allá en paradas que antes eran vistas y no vistas y que ahora se van alargando también cada vez más. Es verdad que sigue poniéndome nervioso el hecho de que en el puesto de avituallamiento se demoren en servirme el puré, que haya cola para las patatas fritas, o que no tengan lista la sopa cuando la pido, pero ahora mismo, cuando no hace más que un rato que he vuelto a reanudar la marcha, ya solo espero que llegue la hora del desayuno y el cocinero catalán ocupe su sitio para coger mi bol de café con leche y un par de pedazos de barra de pan con mantequilla para sentarme de nuevo a la mesa. Los primeros dos días lo engullía a toda prisa; ahora, el desayuno, o la cena, no representan sino una excusa más para introducir un descanso adicional medianamente justificado. Como ir al baño: hay que ver lo cómodo que se está sentado en el retrete mientras todo el mundo sigue dando vueltas al sol. (Y no será porque allí no haya también que hacer cierto esfuerzo.)

El sol empieza a asomar sobre los Alpes. Al otro lado de la bahía, en Niza, las luces de la Promenade des Anglais se van apagando. Un día más. ¿Hoy es miércoles o jueves?

viernes, 20 de marzo de 2009

El Alamein

(Notas sobre la vuelta a Tenerife, III)

Boca Tauce. Suena bien. Como Garellano, Culloden, Balaclava, El Alamein, Stalingrado… No es para menos. A Boca Tauce llego tras cerca de treinta kilómetros ininterrumpidos de asfixiante ascensión desde Granadilla (y allí tras otros 15 desde Arico). Son 1980 metros sobre el nivel del mar y a esta altitud ya no queda casi vegetación: ni pinos, ni abetos, ni pinsapos, ni leches. Boca Tauce es la puerta de entrada a las Cañadas y a sus veintitantos kilómetros de carretera ondulante a dos mil metros de altitud.
A la izquierda, la cumbre del Teide queda difuminada por las calimas, que lo envuelven todo. Pegado a él está Pico Viejo. Del lado de la derecha uno de los riscos se llama el Figueroa, pero ahora mismo no sé cuál es.
Apuro lo poco que me queda de agua y por el llano de Ucanca, y a pesar de que tengo ya una mancha de sangre en una zapatilla, aumentó el ritmo de mis pasos. El Parador queda a unos pocos kilómetros. De pronto, al fondo, por encima de los Roques de García, distingo un destello.
Maldita sea, son más cuestas.

-Voy hasta El Portillo. Si quieres te llevo.
Digo que no, doy las gracias y sigo marchando a cosa de 8:30 el kilómetro, jugándome la vida con los motoristas que van y vienen imaginándose que están en Cheste. los muy hijoputas. Para El Portillo me quedan solo una decena de kilómetros. Desde allí hasta La Laguna algo menos de 50. Aunque después de El Portillo todavía tendré que subir a Izaña y sus telescopios -lo que en ese momento creo que es un simple repecho y que luego descubriré que son por lo menos cuatro kilómetros de pechada-, antes de empezar por fin a bajar. Entonces ya si, hasta el final. Desde 2.300 hasta solo 700 metros.

El Portillo Alto. Entro en el bar Teide con la intención de comer y beber algo, rellenar el botellín de agua y seguir ya, a partir de aquí, hasta La Laguna sin parar. Por La Esperanza y El Coromoto.
-Un café con leche y unas torrijas.
-Marchando.

jueves, 19 de marzo de 2009

El muerto

(Notas sobre la vuelta a Tenerife, II)

El Río. Kilómetro 111. Las seis de la mañana. A esta hora ya llevo 45 minutos de marcha. O mejor, de simple caminata, porque a duras penas he conseguido adoptar un ritmo medianamente decente. Estoy molido, una de las ampollas se ha convertido en herida y apenas he dormido una hora. Terminé la jornada en el barrio de Las Cisneras, en Arico, a punto de dar ya la medianoche. 106 kilómetros en poco más de 16 horas de marcha (eso sobre el mapa, porque contando los despistes la cosa se me ha ido a 108). Extendí mi saco de dormir en la caseta que hace de parada de autobús. Una gran idea si no fuera porque a un kilómetro escaso había una especie de discoteca y los coches no han dejado de pasar a toda leche durante casi toda la noche. Y cuando han dejado de hacerlo los coches, ha aparecido una panda de emporrados a pie y sin plan.
-Mirad, un tío en un saco.
-¿Estará muerto?
-Debe de ser el loco que hemos visto haciendo atletismo por la carretera.
-Igual está dando la vuelta a la isla.
-Pregúntale a ver si está muerto.
En El Río entro en un bar y pido un café con leche. El tipo de la barra me pregunta si lo quiero grande. Digo que por supuesto. Me lo sirve en un vaso de esos de beber agua. El tipo de la barra, los otros dos clientes del bar y yo nos ponemos a ver por la tele el primer telediario del día.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Una de churritos

(Notas sobre la vuelta a Tenerife, I)

A partir de Casas de la Cumbre voy a poco más de siete minutos por kilómetro. No está mal teniendo en cuenta que cargo con una mochilita de diez litros en la que llevo el saco de dormir, un cortavientos y cuatro cosas más. Y que voy muerto de hambre porque en el bar no tenían nada ("Traen el pan super tarde"). Y que hace un calor de cuidado (calimas para hoy, anunció ayer el hombre del tiempo canario). Claro que también es verdad que hasta San Andrés es cuesta abajo y habrá unos 800 metros de desnivel por lo menos.
A San Andrés son 35 kilómetros desde La Laguna por Anaga. Al llegar entro directamente en el bar "Los churritos". Tampoco tienen bocadillos.
-¿Entonces?
-Pulpo y churritos de pescado.
-Pues venga una de churritos.

Carretera general del sur. La carretera vieja, que dicen por aquí. Cruce de Barranco Hondo. Serán unos 55 kilómetros de ruta, aunque yo llevo ya lo menos dos más porque me he despistado en otro cruce y he tirado en dirección a la autopista y luego he tenido que desandar el camino. Oigo música de discoteca y eso que son las cuatro de la tarde. Es un restaurante para banquetes y está repleto de gente de la tercera edad. Autocares aparcados a la puerta. Conductores con cara de resignación. Entro en el bar de al lado a tomar algo de líquido.
-Un café con leche, por favor.
Mientras me lo sirven, le doy un vistazo al periódico de hoy. En la tele, a mi espalda, el juez Garzón. Una señora, a la que se ve que no le va el baile, le pide a la chica de la barra que si puede poner la Primera, que dan su serie preferida. La chica le da el mando y se lava las manos.
Avituallo agua del grifo y salgo, no me vaya a enganchar la serie y me den aquí las tantas.

Dejo atrás Fasnia, y con el frescor de la noche y las ganas de acabar voy más rapido ahora que en cualquier otro punto del recorrido de hoy (descontando la bajada hasta San Andrés, claro). Pasan de las nueve, todavía me quedan unos 15 kilometros de curvas ondulantes para Arico -o sea, que solo llevo 90-, y noto ya algunos problemas en los pies (una ampolla en cada uno, para ser exactos).
Pronto llega Mária con la cena. Avituallamiento a domicilio. Tengo más sed que hambre pero me siento en la parte trasera del coche con una pierna dentro y otra fuera y empiezo con el potaje de verduras calentito.
-¿Te pelo el huevo duro?
-Mejor sí.
De postre, mousse de chocolate. Cojeo un poco al reemprender la marcha. En Arico me paro y mañana sigo.

domingo, 29 de junio de 2008

Waypoint


Las fracasos hay que asumirlos de frente. Y esta vez hemos fracasado. Diré más: hemos hecho el ridículo. Pero cómo nos hemos reído... Hacía años, oye.
Y la cosa no empezó mal. Diecinueve tíos en San Telmo, animados, motivados y seguros de sí mismos, dispuestos a llegar a Pollensa en menos de 24 horas. En menos de 23 si todo va bien. Tres puntos para los que quieran participar en el Trail del Mont Blanc, nada menos. Empezamos a caminar a las siete y media de la tarde. Hacemos el recorrido de La Trapa hasta el Coll de Sa Gramola en dos horas, por lo que estamos en los tiempos. Un corto trecho de carretera y empezamos a subir hacia la mola de S'Esclop. La primera parte de la subida es ya durísima, pero la despachamos sin mayores problemas. Sabemos que a partir de ahí el camino se hace difícil de seguir, sobre todo cuando es de noche, como ahora. Porque, además, ese tramo no lo conoce bien nadie. Alguien se acuerda entonces de que en algún momento de los preparativos se comentó la posibilidad de hacerlo de día y se descartó.
-Tranquilos, llevamos el GPS y tenemos los waypoints del recorrido.
Y allá nos vamos. Banzai. La primera decision, equivocada. No era por ahí. Pero seguimos igual, porque llevamos GPS y tenemos los waypoints.
-Por allí se ve un camino.
Atravesamos una zona de rocas que si llega a ser de día y la vemos con claridad seguro que no nos atrevemos a atravesarla, y de una manera u otra, con dudas, reniegos, muchos cagondenas, alguna bajada con el culo y mucho mirar al GPS para confirmar que vamos en la dirección correcta conseguimos llegar al paso de S'Estepereta.
Al poco nos volvemos a perder. Más GPS y waypoints, consultas al mapa y las fichas del recorrido, unos que van por aquí, otros que para allá, vuelta a atrás y finalmente saltamos una pared todos en grupo para seguir a campo traviesa.
-Por allí se ve un camino.
El camino desciende en dirección a Estellencs, segundo hito de la travesía, pero nadie recuerda haberlo recorrido en su puta vida, conque a saber dónde vamos a ir a parar. Al final acabamos dando con el verdadero camino que, después de un par de kilómetros de carretera, deja un poco antes de Estellencs. La gente se pone a correr primero por el camino y luego por el asfalto para recuperar tiempo. Ya es lo que me faltaba. Yo no corro ni un metro, aviso. Debíamos llegar a Estellencs en cosa de cuatro horas y media y cuando lo hacemos llevamos ya casi una hora de retraso. Ahora resulta que también nos vamos a perder el partido de mañana.
Desde Estellencs, después de reabastecernos de agua, salimos cagando leches por la carretera para tomar luego el camino que lleva a Esporles por S'Arboçar. El camino no tiene excesiva complicación pero lo que pasa es que ni siquiera lo tomamos. Nos equivocamos y tomamos otro y acabamos perdidos nuevamente en mitad de no sabemos dónde.
-Por allí se ve un camino.
El camino baja hasta que deja de ser camino, pero seguimos en la misma dirección hasta que al final no podemos seguir de ninguna de las maneras. Vuelta atrás, GPS y waypoints por un tubo.
-Por allí se ven luces.
Hay luces, pero del camino, ni rastro.
-Que alguien saque el mapa.
-O el GPS.
-Mejor el mapa, oye.
Así que damos vuelta atrás hasta que por fin hallamos un camino que resulta ser el de Planicia. Lo hacemos en sentido descendente hasta que nos encontramos con el que debíamos haber tomado. Es por aquí. A estas alturas llevamos ya como tres horas de retraso.
-Venga, vamos.
-Un momentoooo...
Cónclave general Son las cuatro de la mañana, llevamos ocho horas nada más y la Travesía ha fracasado. No es que no nos lo estemos pasando bien, que conste, pero es que así no bajamos de 24 horas de ninguna manera. El grupo se divide entre los que quieren bajar a la carretera y dar por finalizado el intento en Estellencs y los que al menos quieren seguir un poco más, a ser posible rapidillos, y tomar una nueva decisión más adelante. Yo, por razones que a nadie se le escapan, me niego a correr un puto metro, así que me quedo con los que dicen que ya han tenido suficiente. Conque aquí nos despedimos. Nosotros optamos por seguir por la carretera hasta Banyalbufar para que no se diga que no hemos avanzado y llegamos allí las cinco de la mañana. Echamos unas cabezaditas en la plaza y a las siete y media nos abren expresamente el bar del hotel del pueblo.
Nota: Respetando la intimidad del resto de componentes del equipo no he citado sus nombres y he evitado cualquier referencia personal que pudiera delatarlos. Oficialmente, el fin de semana lo pasaron en casa dedicados a sus cosas. Es más, para que nadie pudiese identificar a ninguno he puesto esta foto de la isla Dragonera que tomé a poco de salir.

viernes, 27 de abril de 2007

Solos en la carretera (y III)

A medida que nos fuimos acercando a Barcelona y amanecía el tráfico fue en aumento. Porque además era día laborable, imagínate. Atasco de tres pares de narices en Mataró. Atravesé Premiá de Mar marchando sobre las aceras porque la aglomeración de vehículos en la calzada era tal que no quedaba espacio para mi. A todo esto, yo ya llevaba tres horas sin probar bocado ni echar un sorbo al botellín de agua con sales minerales. Cada vez que desde el coche me ofrecían comida o bebida la rechazaba.
-Estoy como para ponerme a comer ahora, con estos nervios...

En Badalona vislumbré el primer atisbo de organización. Un policía municipal en motocicleta me escoltó por un laberinto de calles hasta la salida de la ciudad. A partir de allí tuve que seguir las instrucciones que desde el coche, mapa de la organización en mano, me iban dando para que llegara a la meta.
-La segunda calle, a la derecha, luego a la izquierda y luego todo recto. No, mejor cruza ahora.
Ya en Barcelona, y a falta de lo cosa de un kilómetro para la meta me encontré con el checo. Venía detrás de mí a toda velocidad. ¿Pero no iba delante? Sí, pero se había perdido.
-He estado casi veinte minutos sentado en una rotonda esperando que alguien me dijera por donde ir, maldita sea.
Y sin dejar de hablar me sobrepasó y se alejó calle arriba. Fue entonces cuando, allí delante, en medio de los coches, a un centenar de metros como mucho, ví al tío que iba segundo, el francés. Entonces intente forzar el ritmo, pensando que quizás tenía alguna posibilidad todavía de subir al podio, y me metí entre el millón de coches que circulaban por allí en ese momento hasta que un conductor me avisó de que si seguía por ahí me iba a meter directo en la Ronda Litoral e igual acababa en Sitges.
-Uy, gracias.
Me salí de allí como pude mientras el checo y el francés seguían recto porque a ellos ningún conductor les había avisado de nada o si lo había hecho no le habían entendido. De pronto vi ya la meta, que estaba junto al Museo de Historia. Vaya, iba a quedar segundo… Me quedaban unos 200 metros cuando vi aparecer de nuevo por detrás al checo, que había conseguido escaparse de Ronda Litoral saltando un muro y venía haciendo aspavientos. Le esperé y le dejé pasar delante por segunda vez sin hacer nada por disputarle aquella plaza que juzgué que debía ser suya con toda justicia. O del francés, pero este seguía camino de Sitges y yo no estaba tampoco como para ir a buscarlo. Entramos en meta uno detrás del otro, el jurando en su idioma y yo descojonándome. Habíamos tardado veintidós horas y seis minutos. El ruso, cuarenta minutos menos. El francés llegó cinco minutos después, justo cuando a mí me estaba entrevistando la tele.
-¿Contento con el tercer puesto?
-¿Por el tercer puesto? Estoy contento porque después de 200 kilómetros por la carretera nacional todavía sigo vivo, no te jode.
La gente fue llegando a lo largo de toda la mañana y parte de la tarde y todos protestando. La mayoría, por no decir todos, se había perdido al entrar en Barcelona. A todos les dieron una rosa porque era el día de San Jorge.

La entrega de trofeos fue a eso de las siete de la tarde. Allí mismo le pedí a uno de los jueces una copia de los resultados oficiales. Solo tenían un borrador. Y eso porque en realidad la carrera todavía no había terminado. Quedaba un marchador por llegar. El alemán.
-¿Y le falta mucho?
-No lo sabemos, se ha perdido y no tenemos ni idea de dónde está.
Poco después, cuando todos estábamos dando buena cuenta de los canapés, uno de los responsables de la parte española de la organización recibió una llamada en su móvil. Acababa de aparecer el marchador que faltaba. Estaba en la oficina de turismo municipal preguntando dónde quedaba la meta.

lunes, 23 de abril de 2007

Solos en la carretera (II)

Los primeros 30 kilómetros discurrían por lo que en otro tiempo fue la Vía Domicia, la antigua calzada romana que unía el Piamonte con los Pirineos a través de todo el sur de Francia y que hoy es simplemente la N9 –la clase de Historia va por cuenta de la casa-, y los fuimos cubriendo sin mayor novedad, marchando por la derecha de la ruta atentos a los coches que pasaban rozándonos, y estableciendo ya importantes distancias entre unos y otros. Al entrar en España, marchaba codo con codo con el checo Simon. Acabábamos de sobrepasar al francés Duboscq en las mismas calles de Le Perthus y teníamos ya solo dos hombres delante, el ruso Rodionov y el francés Coulombel. Al primero ya no le veíamos y al segundo no tardaríamos en perderle también de vista. Al pasar por La Junquera, después de afrontar como pudimos un par de rotondas y mientras los camiones pasaban a nuestro lado a toda velocidad llevándosenos las gorras, aproveché para traducirle a mi amigo checo al inglés lo que quería decir eso de “Carretera mortal” que podía leerse sobre un muro junto a la cuneta de la NII.

Entramos en Figueras ante el estupor de conductores y peatones que ni puta idea tenían de que por allí iba a pasar una carrera y no conseguían explicarse que coño hacían dos tipos con un número en el pecho y otro en la espalda avanzando entre los coches detenidos en los semáforos subiendo y bajando de las aceras y sorteando a la gente. La organización había dispuesto a una serie de voluntarios en algunos de los puntos conflictivos del recorrido, pero solo en algunos, así que antes de cruzar una calle el checo y yo teníamos que detenernos y mirar a derecha e izquierda.
Al poco de salir de Figueras y tras saludar a un par de prostitutas que hacían la carrera -ellas también- junto al arcén, perdí contacto con el checo -me tuve que parar a mear- y poco a poco fui perdiéndole también de vista. Por detrás de mí tampoco se veía a nadie. En estas que pasaron un par de horas más y ya cerca de Gerona empezó a hacerse de noche. Recto, siempre recto, me decían desde el coche cada vez que, al ver las señales que indicaban las salidas hacia Gerona norte, sur este y no sé si también oeste, me giraba para preguntar por dónde carajo debía tirar. No había indicación alguna sobre la ruta a seguir y los voluntarios hacía ya muchos kilómetros que habían desaparecido por completo. No había nadie en los cruces. No había nadie en ninguna parte. Nadie controlaba ya aquella maldita carrera. Hasta los mismísimos Mozos de Escuadra, que se supone que eran los que debían cuidar de nuestra seguridad, se limitaban a circular arriba y abajo en sus coches patrulla tocándose los cojones.
A todo esto, yo iba bastante bien, quizás porque estaba más preocupado por salvar la vida que por la propia carrera en sí, que a estas alturas ya me importaba un huevo. Vamos, que firmaba el cuarto puesto y hasta un quinto.
(Continuará...)

martes, 17 de abril de 2007

Solos en la carretera (I)

-¿Una prueba de marcha entre Perpiñán y Barcelona? ¿Y dices que el año que viene?
-Oui.
Me dieron la noticia en la misma línea de salida de los 200 kilómetros de Chateau - Thierry de 2002. No era, pues, el momento de ponerse a discutir, pero yo tampoco quería dejar pasar la oportunidad de decir lo que pensaba al respecto.
-¿Entre Perpiñán y Barcelona? ¿Por la carretera nacional?
-Oui.
-Pues no.
-Non?
-Non.
No había que ser un visionario. Entre Perpiñán y Barcelona hay 200 kilómetros, unos 160 en territorio español siguiendo la carretera nacional. Era una verdadera ingenuidad pretender que las autoridades, sobre todo las del lado de aquí de la frontera, cerraran el tráfico, siquiera dejando libre un carril, ni mucho menos que permitieran que una treintena de atletas marcharan por el arcén durante 24 horas a merced de coches y camiones.
-Non.
Y durante los meses siguientes no me cansé de repetírselo a cuantos me venían con el cuento de la futura carrera entre Perpiñán y Barcelona. Era imposible. No iba a haber autorización.
-Non?
-Que non, coño.

La salida se dio frente a la estación de tren de Perpiñán el 22 de abril de 2003 a mediodía. No se iba a cortar el tráfico, ni siquiera parcialmente. Marcharíamos por el arcén. Pasaríamos por Le Boulou, Le Perthus, entraríamos en España por La Junquera, seguiríamos hasta Figueras, ya de noche haríamos la circunvalación de Gerona, y ya por la orilla del mar atravesaríamos Pineda de Mar, Calella, Arenys de Mar… Y después de dejar atrás Mataró, Premiá de Mar, El Masnou y Badalona llegaríamos a Barcelona. La meta estaba situada junto a la Barceloneta. La organización nos dio un par de papeles en los que estaba descrito el recorrido a seguir y un plano para guiarnos cuando entráramos en Barcelona.
Éramos un ruso, un checo, un suizo, un luxemburgés, un letón, un eslovaco, un alemán, un inglés, dos españoles y diecinueve franceses. La organización había prometido que se pondría a disposición de cada marchador un vehículo con su correspondiente conductor para que le sirviera de apoyo circulando inmediatamente detrás de él y protegiéndole así del resto de vehículos que transitaran por la ruta. Dicho de esta manera sonaba muy bien, había que reconocerlo, pero en realidad lo que se hizo fue reclutar a voluntarios que no solo hicieran el papel de chófer sino que también prestaran su propio coche. A mí me tocó enn suerte un matrimonio catalán residente en Perpiñán que tenía un monovolumen y que se apuntó porque a los dos les hacía ilusión pasar un día en Barcelona.

Así las cosas, después de los consabidos actos protocolarios se dio la salida en la misma plaza que hay frente a la estación y eso porque Salvador Dalí dijo una vez de esta que era el centro del universo. Si lo hubiera dicho yo o cualquier otro de los que estábamos allí, o incluso usted que está leyendo, imagínense el caso que nos hubieran hecho, pero, claro, lo dijo Dalí. En fin, que comenzamos a marchar y ya a los cincuenta metros se nos tuvo que hacer dar la vuelta a todos porque en el primer cruce debíamos haber girado a la derecha en lugar de seguir recto. Empezábamos bien.
(Continuará...)