viernes, 27 de abril de 2007

Solos en la carretera (y III)

A medida que nos fuimos acercando a Barcelona y amanecía el tráfico fue en aumento. Porque además era día laborable, imagínate. Atasco de tres pares de narices en Mataró. Atravesé Premiá de Mar marchando sobre las aceras porque la aglomeración de vehículos en la calzada era tal que no quedaba espacio para mi. A todo esto, yo ya llevaba tres horas sin probar bocado ni echar un sorbo al botellín de agua con sales minerales. Cada vez que desde el coche me ofrecían comida o bebida la rechazaba.
-Estoy como para ponerme a comer ahora, con estos nervios...

En Badalona vislumbré el primer atisbo de organización. Un policía municipal en motocicleta me escoltó por un laberinto de calles hasta la salida de la ciudad. A partir de allí tuve que seguir las instrucciones que desde el coche, mapa de la organización en mano, me iban dando para que llegara a la meta.
-La segunda calle, a la derecha, luego a la izquierda y luego todo recto. No, mejor cruza ahora.
Ya en Barcelona, y a falta de lo cosa de un kilómetro para la meta me encontré con el checo. Venía detrás de mí a toda velocidad. ¿Pero no iba delante? Sí, pero se había perdido.
-He estado casi veinte minutos sentado en una rotonda esperando que alguien me dijera por donde ir, maldita sea.
Y sin dejar de hablar me sobrepasó y se alejó calle arriba. Fue entonces cuando, allí delante, en medio de los coches, a un centenar de metros como mucho, ví al tío que iba segundo, el francés. Entonces intente forzar el ritmo, pensando que quizás tenía alguna posibilidad todavía de subir al podio, y me metí entre el millón de coches que circulaban por allí en ese momento hasta que un conductor me avisó de que si seguía por ahí me iba a meter directo en la Ronda Litoral e igual acababa en Sitges.
-Uy, gracias.
Me salí de allí como pude mientras el checo y el francés seguían recto porque a ellos ningún conductor les había avisado de nada o si lo había hecho no le habían entendido. De pronto vi ya la meta, que estaba junto al Museo de Historia. Vaya, iba a quedar segundo… Me quedaban unos 200 metros cuando vi aparecer de nuevo por detrás al checo, que había conseguido escaparse de Ronda Litoral saltando un muro y venía haciendo aspavientos. Le esperé y le dejé pasar delante por segunda vez sin hacer nada por disputarle aquella plaza que juzgué que debía ser suya con toda justicia. O del francés, pero este seguía camino de Sitges y yo no estaba tampoco como para ir a buscarlo. Entramos en meta uno detrás del otro, el jurando en su idioma y yo descojonándome. Habíamos tardado veintidós horas y seis minutos. El ruso, cuarenta minutos menos. El francés llegó cinco minutos después, justo cuando a mí me estaba entrevistando la tele.
-¿Contento con el tercer puesto?
-¿Por el tercer puesto? Estoy contento porque después de 200 kilómetros por la carretera nacional todavía sigo vivo, no te jode.
La gente fue llegando a lo largo de toda la mañana y parte de la tarde y todos protestando. La mayoría, por no decir todos, se había perdido al entrar en Barcelona. A todos les dieron una rosa porque era el día de San Jorge.

La entrega de trofeos fue a eso de las siete de la tarde. Allí mismo le pedí a uno de los jueces una copia de los resultados oficiales. Solo tenían un borrador. Y eso porque en realidad la carrera todavía no había terminado. Quedaba un marchador por llegar. El alemán.
-¿Y le falta mucho?
-No lo sabemos, se ha perdido y no tenemos ni idea de dónde está.
Poco después, cuando todos estábamos dando buena cuenta de los canapés, uno de los responsables de la parte española de la organización recibió una llamada en su móvil. Acababa de aparecer el marchador que faltaba. Estaba en la oficina de turismo municipal preguntando dónde quedaba la meta.

2 comentarios:

Josemi dijo...

Jajajaja...
Si es que te metes en cada 'fregao'...
A Josechu no le hubiera pasado, con su GPS nuevo ;)
Lo del Checo muy correcto. Y el otro... bueno, yo he estado en Sitges y hay muy buen ambiente.

la granota dijo...

Genialmente contado!