miércoles, 3 de enero de 2007

La marcha: una introducción historica (y un poco larga) dedicada a lectores corredores

En agosto de 1796, un inquieto estudiante y a la vez afamado corredor de 17 años llamado Robert Barclay Allardice se apostó 100 guineas a que sería capaz de cubrir “fair heel and toe” -es decir desplazándose de tal forma que en cada uno de sus pasos el talón del pie que avanzaba hiciera contacto con el suelo antes que el dedo gordo del otro pie hubiera despegado del mismo- los diez kilómetros que separan las villas de Brixton y Croydon en menos de una hora. Lo consiguió y ganó la apuesta. Aquella forma de desplazarse se llama hoy marcha atlética.
Las primeras pruebas internacionales de marcha se disputaron con ocasión de la celebración en Atenas en 1906 de los Juegos que conmemoraban el décimo aniversario de la restauración del movimiento olímpico. Había transcurrido ya más de un siglo desde la hazaña de Barclay pero a falta de un organismo que regulara mundialmente la práctica del atletismo, la marcha carecía todavía de un reglamento que fuera universalmente reconocido -más allá del escueto “fair heel and toe” de su definición-, y quienes se encargaron de llevar a cabo la tarea de juzgar los diferentes estilos de los competidores acabaron echando mano de la intuición. El hecho de que aquellas pruebas se disputaran sobre distancias excesivamente cortas contribuyó enormemente a que derivaran en un sonado escándalo. La primera en celebrarse –inicialmente la única que debía celebrarse- lo fue sobre 1.500 metros y se resolvió con cinco de los nueve participantes descalificados y con una acalorada discusión a pie de pista entre los cuatro jueces presentes sobre la conveniencia de descalificar también y con efectos retroactivos al ganador, el estadounidense Bonhag. Finalmente, y por decisión expresa del mismo príncipe Jorge de Grecia, presidente del jurado, el americano fue declarado campeón. A modo de revancha y para que unos y otros se resarcieran de tan amarga experiencia se anunció la disputa de una nueva prueba para el día siguiente. Aunque se dobló la distancia para intentar reducir los riesgos, el guión se repitió punto por punto. Los dos primeros en cruzar la línea de meta fueron descalificados posteriormente –ya lo habían sido también el día anterior- y se proclamó ganador al tercero, el húngaro Stancsics.
La marcha ha cargado siempre con el sambenito de ser la única modalidad del atletismo cuyo resultado depende en buena parte de la aplicación de criterios subjetivos y, por lo tanto, proclive a albergar injusticias. De hecho, y a pesar de que con el tiempo se han ido aumentando progresivamente las distancias sobre las que se disputan las competiciones y el reglamento ha sido renovado en varias ocasiones, un escándalo semejante a aquel de 1906 se dio también en los Juegos Olímpicos de 2000.
Lo cierto es que hoy por hoy sigue sin haberse encontrado la solución definitiva para el problema que supone la confusión entre marcha y carrera. En este sentido, Emile Anthoine, marchador de principios del siglo XX, afirmaba ya en su día que la marcha empieza donde termina la carrera. Y dado que la carrera –continuaba argumentando lúcidamente Anthoine- termina en el maratón, la marcha debería empezar a disputarse sobre distancias superiores a los 42 kilómetros. Es más: cuanto mayor es la distancia sobre la que se dirime la competición, más se reconcilia la marcha con la razón que anima su existencia, se reducen las posibilidades de fraude y se limita consecuentemente la trascendencia de las decisiones del jurado. Claro que así el marchador también se cansa mucho más y el espectador, por su parte, tampoco aguanta mucho más y acaba por volverse a su casa.
A ese sambenito hay que sumarle desgraciadamente otro. Y es que aunque no en balde caminar está considerado el ejercicio más natural del mundo, su práctica competitiva, que requiere del atleta aprovechar al máximo todos los recursos biomecánicos de su cuerpo, recibe por eso mismo la consideración contraria, siendo tachada de antinatural, cuando no calificada directamente de cómica. “¿Qué clase de ridículo deporte es este?” se pregunta Cary Grant en “Apartamento para tres” cuando, en camiseta y calzoncillos y ya sesentón, se ve obligado a confundirse entre el pelotón de atletas que disputa una prueba de marcha.
En fin, también es verdad que el hecho de tratarse de una especialidad cuestionada, incomprendida y de una exigencia agonística muy superior a la media no ha sido obstáculo para que la marcha se desarrollara en casi todo el mundo y para que, como cualquier otra modalidad deportiva, diera lugar a la aparición, a lo largo de las diferentes épocas, de toda una serie de legendarios campeones: G.E. Larner, Ugo Frigerio, Thomas Green, Harold Whitlock, John Ljundgreen, Don Thompson, Vladimir Golubnichi, Daniel Bautista, Raúl González, Bernd Kannenberg, Mauricio Damilano, Hartwig Gauder, Robert Korzenioski…
Nunca habíais oído sus nombres, ¿me equivoco?
O sea, que de mí ya mejor ni hablamos, ¿verdad?

3 comentarios:

Jesús dijo...

Buen post, además me da la impresión de que con la marcha no te asfixias tanto.

Saludos y feliz año.

Anónimo dijo...

Aquí -en la marcha- debería de hacerse una distinción entre "marchadores" -aquel que tiene una técnica exquisita, y por consiguiente cumple el reglamento a rajatabla- y "fondistas" -marchadores a los que lo único que les importa es llegar primeros sin importar como- en fin la mía es una opinión mas... por cierto, lo comento por el párrafo final en el que hablas de "campeones" en mi opinión considerar a alguno marchador (Damilano)es un poco arriesgado.
Saludos

manolo treus
s.g. pontevedra

Bernardo José Mora dijo...

Estoy totalmente de acuerdo contigo. Y yo no solo incluiría Damilano en el apartado de campeones que no deberían serlo. Lo que pasa es que tampoco quiero "tensar demasiado la cuerda" en este blog.