jueves, 12 de octubre de 2006

Ha muerto Don Thompson

Hace unos días murió Don Thompson. Fue campeón olímpico de 50km marcha en los Juegos de Roma de 1960. Yo le admiraba desde el día en que vi por television la película oficial de aquella olimpiada. En ella él aparecía marchando en la oscuridad por las calles romanas –la carrera se disputó a últimas horas de la tarde- tocado con una gorra con cubrenuca y con aquel estilo suyo tan característico y tan alejado de los estilos completamente antirreglamentarios de hoy en día. Luego supe de sus curiosos métodos de entrenamiento y lo admiré todavía más. Y un día, a pesar de que tenía treinta años más que yo, competimos juntos. Pero entonces yo…
Pero mejor reproduzco el artículo que escribí hace ya un año para En marcha.


La historia de una mala foto
BJM
"El tren paró en Bazancourt, un pueblo de la región de Champaña. Bajamos, y, nada más pisar el andén, experimentamos un estremecimiento de terror. Escuchamos; tronaba. La música de fondo que habría de acompañarnos durante años -un trueno con cadencias de máquina laminadora- estábamos oyéndola por primera vez en aquel momento. El aliento del frente llegaba a nosotros." Así se inicia "Tempestades de acero", la obra en la que el escritor Ernst Jünger narraba su vida en las trincheras durante la I Guerra Mundial.
El tren ya no se detiene hoy en Bazancourt. En abril de 1996, tuve que coger un taxi en la estación de la vecina Reims para poder llegar hasta allí y tomar parte en una de las competiciones de 200 km del circuito francés de pruebas selectivas para la clásica París-Colmar. Era la segunda prueba de 200 km en la que participaba y tampoco en esa segunda ocasión fui capaz de recorrer la distancia completa en el tiempo límite de 24 horas. Solo seis hombres de los cuarenta que tomamos la salida lo lograron. A mí los jueces me detuvieron en el km 192, y, de acuerdo con el reglamento particular de este tipo de competiciones, me clasificaron en el puesto noveno. A la hora de los premios, la organización me entregó un sobre que contenía un montante en francos equivalente a 30.000 pesetas de las de antes, un copa donada por madame Blanchard, la excelentísima señora alcaldesa de Bazancourt, y dos kilos y medio de azucar en terrones, cortesía de la azucarera local. En la lista de inscritos, además del grueso de franceses -y del español que era yo-, había también dos checos, un eslovaco, un alemán, dos belgas, un húngaro y cerca de una decena de marchadores británicos, con algunos de los cuales conversé al termino de la prueba mientras nos tomábamos el tradicional vin d'honneur que allí acostumbra a cerrar la ceremonia de entrega de trofeos.
Tras las despedidas, inicié el largo viaje de vuelta a casa, durante el cual fui aprovechando la sucesión de trasbordos ferroviarios para ir desprendiéndome de buena parte de aquel pesado lastre de azucar. Unos cuantos dias después, mientras repasaba una vez más la clasificación de la pueba, mi vista se detuvo ante un nombre. Don Thompson. Inglés. Dorsal número 11. 176 km. Decimocuarto clasificado. Don Thompson... Don Thompson... ¡Pues claro, hombre: Don Thompson!
Al principio pensé que era una casualidad (conozco a otro marchador que se llama Maurice Chevalier, así que pueden comprenderme). Pero habría sido demasiada casualidad, ciertamente. Así que corrí a buscar las fotos que me habían hecho durante la carrera por si acaso había habido suerte. Y, en efecto, la había habido. Bueno, más o menos.
La foto era muy mala -la habían tomado desde una distancia excesiva para una cámara sin zoom-, y en ella yo aparecía entre dos marchadores. Se trataba sin duda de los últimos kilómetros de la prueba (los últimos treinta o cuarenta, quiero decir), porque el de detrás era el alemán Neumüller, que se clasificó undécimo y al que solo doblé esa vez. En primer término, con su marchar característico -el torso vencido hacia adelante, la cabeza ladeada y los brazos caídos-, estaba ante mí el mismísimo campeón olímpico de 50 kilómetros de 1960. Don Thompson, in person.
Entonces me vinieron a la mente las imágenes de su victoria en los Juegos de Roma, con aquella emocionante entrada suya en el estadio, caída ya la noche, seguido muy de cerca por el sueco John Ljunggren, al que aventajó en la línea de meta en tan solo diecisiete segundos. Me acordé también de esa fantástica historia que aseguraba que el inglés se había preparado para afrontar el altísimo índice de humedad de la capital italiana mediante el singular método de reproducirla en su casa de Cranford haciendo hervir ollas con agua y cerrando a cal y canto puertas y ventanas. Yo admiraba a ese tipo, vaya. Y ahora resultaba que había estado durante todo un día entero compitiendo junto a él y no me había enterado hasta una semana después. Ni siquiera estaba seguro de que se encontrase entre el grupo de británicos con los que brindé una vez finalizada la prueba. Con todo, es verdad que me quedaba el consuelo de la foto. Pero ya ven qué mierda de foto. (20/10/05)

2 comentarios:

Jaime dijo...

La foto quizá sea mala pero el relato muy bueno. Me gustó también mucho la crónica de Dijón. Tuviste que pasar malos momentos con esa temperatura.

Anónimo dijo...

Gracías por visitar mi blog, diario de un corredor.Sí, literatura y atletismo a veces se dan la mano. Saludos.

JOSE ANTONIO