
Alguien dirá que hay maneras mucho mejores de pasar la noche de un sábado en Segovia que metido en un saco de dormir y echado sobre una colchoneta junto a las espalderas de un pabellón deportivo. Puede. Pero no después de haber llegado marchando 100 kilómetros desde Madrid y de haberlo hecho en algo menos de 15 horas y media, cansado, bastante dolorido y mucho más destemplado. Y sobre todo, para qué lo vamos a negar, cuando recuerdo que mientras yo me arrebujo en el interior del saco buscando dar con la posición correcta para dormir mis buenas cuatro o cinco horitas de un tirón, allí fuera, en mitad de la noche y el frío que empieza a colarse por entre las costuras, hay todavía un par de centenares de tipos con mochila a la espalda y linterna en la frente sufriendo lo que les queda de camino hasta el acueducto. Pues sí, qué bien se está aquí dentro, oye.
Doy tiempo a que se me cierren de una vez los ojos pensando precisamente en todos esos que están cubriendo ya los últimos kilómetros, a través de la cañada, bajo el cielo negro, poniendo más empeño en orientarse que en mantener el ritmo ya de por sí renqueante a estas horas de la madrugada, viendo ya las luces de Segovia cada vez más cerca y creyendo reconocer equivocadamente los arcos del acueducto allí a la izquierda.
No me olvido de los que, más atrás, acaban de coronar los casi 1.800 metros del alto de la Fuenfría después de ascender cansinamente por la frustrada carretera de la República, rezando también ellos en cada curva que la siguiente les deparase el inicio de la anhelada cuesta abajo. Me los imagino intentado decidir entre el caldo o el café con leche del avituallamiento (yo elegí el café con leche, pero a mi lado coronó alguien que pidió las dos cosas, menos mal que en vasos diferentes).
Los habrá todavía que estén al inicio del puerto, catorce kilómetros más abajo, aunque a estas horas difícilmente habrán encontrado a su paso por Cercedilla a gente sentada a las mesas de las terrazas (dudo mucho que hayan encontrado siquiera las mesas). Sin prisas, habrán aprovechado el último avituallamiento sólido, la pasta, la fruta y los pastelitos (tengo que acordarme de acercarme a Mercadona para comprar medio kilo de esos que tenían sabor a fresa, pero en la próxima carrera debería ser capaz de no comerme más de cuatro seguidos), para recuperar un tanto las fuerzas antes de afontar los últimos treinta y tantos kilómetros, convencidos ya de llegar hasta el final.
Para todos ellos han quedado atrás el estoico ascenso desde Mataelpino, el ondulante discurrir de las vías pecuarias a partir de Manzanares del Real, la travesía de las calles de Colmenar Viejo bajo la solana -a mi me habría tocado prestar la mili allí si no me hubiera presentado voluntario en Aviación, por lo que me ha hecho ilusión conocer mi destino aunque fuera con dos guerras de retraso-, y los kilómetros iniciales, todavía cómodos y alegres, en grupo, hasta Tres Cantos.
Ha sido todo muy bonito y emocionante, sí, pero dejémonos de bobadas sensibleras: a estas horas donde mejor se está es aquí dentro bien calentito y quieto.
Vaya, ahora tengo pis.